En palabras de Caleb Followill, líder y vocalista de la banda, las canciones que comprenderán este disco serán más fuertes y hermosas que en sus trabajos anteriores, añadiendo que "es la primera vez que se siente tan orgulloso de sí mismo, canción por canción", y según su hermano, Jared Followill : “un disco de rock duro y raíces sureñas” .
miércoles, 10 de diciembre de 2008
Kings of Leon: Only By The Night
En palabras de Caleb Followill, líder y vocalista de la banda, las canciones que comprenderán este disco serán más fuertes y hermosas que en sus trabajos anteriores, añadiendo que "es la primera vez que se siente tan orgulloso de sí mismo, canción por canción", y según su hermano, Jared Followill : “un disco de rock duro y raíces sureñas” .
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lunes, 24 de noviembre de 2008
Mobiliario Urbano

Este conjunto de dos sillas y una mesa aparecieron ante mí en un recodo de las sinuosas, estrechas y blanquiazules calles de la isla de Mykonos. No era parte de una terraza, ni pertenecía al mobiliario exterior de ningún hogar. Solas, como apareciendo de la nada (supongo que será otra enseña de la isla, como lo puedan ser sus molinos, o "Petrus", el pelícano que pasea tranquilamente por sus calles para dicha de los innumerables turistas, entre los que yo me cuento).
Casi paso de largo, pero me volví y, mi ya mujer, me miró entre extrañada y aburrida: " ¿a eso vas a hacer una foto?". Menos mal que luego vimos la estampa descansando en un expositor de una tienda de souvenirs. El arte es lo que tiene.
martes, 18 de noviembre de 2008
Molinos de Mykonos

Molinos característicos de la isla griega de Mykonos.
La mañana despertó con el cielo algo más triste de lo que nos tenía acostumbrados.
La exuberante luz de Grecia y el insultante azul, dio paso a las primeras nubes;
y el cielo se tornó mimoso; y la sensación bucólica y soñadora que inundó el ambiente te mecía suavemente dejando a un lado la sobredosis de luz y el intensivo tratamiento positivista del azul.
Mientras, ajenos a estos cambios, los molinos, altivos y mudos, desafían al viento.
lunes, 10 de noviembre de 2008
Falsa alarma
La preciosa ciudad medieval de Dubrovnik nos mostró esta estampa mientras recorriamos la muralla que la rodea asomada a las aguas del mar Egeo. Las nubes avanzaban como un silencioso ejercito, lento pero sin descanso, y su color oscurecía como los peores días de asedio de la no tan lejana guerra que la destruyó por completo.
Las nubes y los ejercitos pasan; y al igual que el cielo vuelve a verse azul, la ciudad reconstruida renace de sus ruinas y florece mostrando su esplendor.
viernes, 7 de noviembre de 2008
Atardecer en el Egeo

Foto tomada desde el crucero Zenith en un punto cualquiera entre las costas de Croacia e Italia, un día de finales de septiembre. Los atardeceres desde el mar, en esta zona, son realmente impresionantes. Una foto vale más que mil palabras, pero no tanto como una sensación o un sentimiento. Lo bueno es vivirlo.
domingo, 25 de mayo de 2008
La habitación del abuelo /FIN
Por Txema Saez
Ultima parte
Dí media vuelta y caminé cansinamente hasta el coche dándole vueltas a todo lo que aquella sufrida mujer me había dicho. ¿De verdad, después de lo que había leído sobre ella, se merecía volver a pasar por aquel calvario? Cuando estaba muy cerca oí una, para mí, característica melodía. Era la de mi móvil. Abrí el coche y cogí el teléfono conectado al mechero. Era de la redacción. Seguro que sería mi jefe. Fui a descolgar pero algo me lo impidió. La música seguía sonando pero no me decidí a coger. ¿Qué ganaba yo con aquello? Se paró, pero al instante volvió a comenzar. Era un cabrón, pero era mi abuelo. Le odiaba mucho más que antes, ¿pero porqué tenía que ser yo el nieto de un asesino? Él, no sé si desgraciada o afortunadamente, no iba a enterarse de nada y había vivido toda su vida como le había dado la gana. Ya no podía pagar por sus atrocidades. ¿ Y tenía que pagar yo? Historias como ésta seguro que hay muchas. Seguro que en muchos pueblos aparentemente tranquilos y contentos hay historias que se guardan en las mentes y en la memoria de sus habitantes y que el tiempo al final se lleva aunque queden grabadas para siempre en las paredes de las casas y en su tierra cobriza y seca, ¿quizá por la sangre derramada por los inocentes? Miré, de nuevo, la pantalla del móvil. Ya no escuchaba la música. Miré hacia el exterior. Vi la plaza y sus gentes. Busqué la casa de Carmen y la vi en su interior hablando con su hijo, con una sonrisa en la cara, borrando con cada nueva palabra todo el triste pasado y mirando con especial deseo al futuro. Vi sus ojos orgullosos pero suplicantes con un ligero halo de tristeza y profundos, muy profundos. Y colgué. Retiré el aparato del cargador y lo apagué. Ya me buscaría una excusa para mi jefe. Además estaba de vacaciones y la vida a mí me sonreía. No a carcajadas, pero sí con cierta alegría. Lo que había hecho mi abuelo, ya no lo podía remediar. El sufrimiento de aquellas pobres personas no se iba a disipar por sacarlo a la luz. Es posible que los familiares de algunos estuvieran contentos de que la luz pública supiera lo que había pasado con sus seres más queridos. Seguro que algunos al fin, y en cierta forma, descansarían por saber lo que había sido de ellos, pero Carmen… que lo había vivido en sus carnes…
Salí del coche. Tenía la camiseta empapada por el atosigante calor que hacía en su interior y entré en el bar. No sabía si lo hacía por Carmen, por mi madre, por la memoria de mi abuelo, (por eso no), por el resto o …por mí. Claro que por mí. La verdad era que no me apetecía quedar marcado por algo de lo que yo no había tenido ninguna culpa. ¿Era egoísta? Seguro que sí ¿Y?
FIN
"La habitación del abuelo" al completo:
Parte I - Parte II - Parte III - Parte IV - Parte V - Parte VI - Parte VII - Parte VIII - Parte IXParte X - Parte XI - Parte XII - Parte Final
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domingo, 18 de mayo de 2008
La habitación del abuelo /12
Por Txema Saez
Parte XII
Busqué mi teléfono móvil y marqué el número de la redacción. Una, dos llamadas, y a la tercera dos pitidos me anunciaron que me había quedado sin batería. Maldije pero no me sorprendió. Estaba acostumbrado. Era una de las cosas por las que se reían mis compañeros muy a menudo. Y a pesar de todo me volvía a pasar una y otra vez. No conseguía ponerlo remedio. Así que subí al coche, puse a cargar el móvil y regresé al pueblo. El recorrido comenzaba a hacérseme conocido. Llegué hasta la plaza y aparqué muy cerca de donde lo había hecho la noche anterior. Me acerqué hasta la cabina de teléfono que recordaba haber visto; introduje las pocas monedas que tenía sueltas y volví a marcar el número de la redacción. Esta vez de memoria. Era uno de los pocos que se habían quedado grabados en mi cabeza.
- ¿diga?
- ¿Aitor? Soy Adrián. Pásame con el jefe.
- ¿Adrián? ¿Pero tú no estabas de vacaciones?
- Sí, sí, pero… es importante. Tengo una buena historia.
- Veré si ha llegado. Antes me ha parecido verle salir.
- Vale, pero rápido que te llamo de una cabina y no tengo más monedas.
No pasaron ni diez segundos, pero la máquina continuaba con su ininterrumpido y vertiginoso descenso.
- ¡Adrián! -, volvió a sonar la voz en el teléfono – lo siento, creo que aún no ha…
La comunicación se cortó. Los últimos cincuenta céntimos habían desaparecido a una velocidad endiablada. Colgué el auricular y saqué mi cartera para ir a cambiar al bar más cercano. Además una cervecita con el calor que hacía no me vendría nada mal. Luego volvería a intentarlo. Cuando me dirigía decidido al bar que se encontraba justo en frente de la cabina, mi mente caprichosa trajo a mi cabeza la imagen de Carmen. Había algo que antes de nada debía solucionar. Tenía dudas, aunque muy pocas, de que aquella mujer que había conocido el día anterior fuera la misma que mi abuelo citaba en sus diarios. Volví sobre mis pasos, y en uno de los bancos de la plaza pregunté por ella. En cuanto cité el nombre de mi abuelo la anciana me miró inquisitiva y me señaló una puerta verde que se encontraba en la calle próxima a la plaza pero que desde allí se divisaba.
Era una casa blanca, con las puertas y las ventanas en verde. Bastante bien cuidada. Una casa de dos plantas, como casi todas las del pueblo, a excepción de alguna construcción más moderna y algún bloque de pisos que se encontraba más a las afueras, supongo que para no entorpecer la estampa. Llamé al timbre y al instante se abrió la puerta. Un chico de unos veinticinco años apareció ante mí. ¿Podría ser?
- ¿Sí? – preguntó receloso.
- Hola, podría hablar con Carmen. Me han dicho en la plaza que vive aquí.
- ¿Y quién pregunta por ella?
- Dígale que el nieto de don Antonio pregunta por ella.
Antes de que el chico de dirigiera hacia dentro la voz de Carmen sonó cercana:
- ¿Quién es? – preguntó al tiempo que su imagen se hacía visible.
- Hola, ¿podría hablar un momento con usted? –me adelanté antes de que pudiera decir algo.
Me miró, y noté en su mirada la duda. No dijo nada pero con un sutil movimiento de cabeza y una tenue sonrisa le indicó al muchacho que fuera para dentro. Esperó, mirando hacia el interior, hasta que desapareció:
- ¿Qué quiere ahora? ¿No le dije ayer que olvidara todo este asunto? ¿Por qué no me deja tranquila? – su voz perdía fuerza con cada frase. Parecía agotada.
- Lo siento. De verdad que lo siento, pero soy periodista y no puedo evitarlo. Sólo quería que supiera que he leído casi todos los diarios de mi abuelo y esta mañana he vuelto a la casa. He encontrado la habitación del sótano y que sé lo que le hizo mi abuelo. De verdad que lo siento – dije de un tirón para no darle tiempo a contestar y para comprobar su reacción ante mi última afirmación.
-Simplemente quería que supiera –continué a vista de que ella no decía nada-, que voy a hacer pública toda esta historia. Quiero que se sepa la verdad y se dé un reconocimiento justo a todas las victimas que sufrieron las torturas de mi abuelo.
- Claro, como no –dijo tristemente-, usted lo hace por las victimas… Qué bondadoso es usted. ¿No cree que las victimas a lo mejor no queremos reconocimientos? ¿No cree que a lo mejor solamente queremos olvidar y usted nos lo va a hacer revivir otra vez? Como muy bien ha dicho, usted es periodista y tiene que publicar este terrible hallazgo bajo cualquier precio. Si o sí ¿Por qué cree usted que en el pueblo nunca nadie ha denunciado nada? ¿Qué cree usted, que en el pueblo son todos ciegos, o quizás cree que son todos tontos? Aquí todos sabemos lo que pasó, y algunos en primera persona como muy bien sabe.
- ¿Mama? –llamó el muchacho desde dentro.
- ¡Ahora voy! –gritó hacia el interior y me miró - Sí, es mi hijo. Pero no el hijo que está pensando. De aquel nunca supe nada.
Mi cara debió ser bastante significativa para que ella me contestara con tanta crudeza y a la vez con tanta dignidad. Y una incontrolable vergüenza cubrió mi cara y no supe qué decir.
- Lo que yo le diga, en realidad, le trae sin cuidado. Mi hijo no sabe nada de todo esto. ¿Y dice que lo hace por nosotros? Pues gracias, pero no. No quiero vivir dos veces el mismo sufrimiento – una solitaria y traidora lágrima resbaló por su mejilla, pero fue borrada con un rápido movimiento de mano.
- No tendrá porqué salir a dar la cara, si no quiere. Le prometo que en todo lo publique su nombre no saldrá reflejado por ningún lado- conseguí decir un tanto abrumado.
- ¿Y usted? –continuó ella sin prestarme mucha atención -¿qué gana con todo esto además de reconocimiento en su trabajo? ¿No era su abuelo? No era bueno, de verdad que no lo era…- dudó al continuar-, pero usted lleva su misma sangre y a la familia hay que respetarla.
¿Después de lo que le había hecho mi abuelo todavía le estaba defendiendo?
- ¡Mama! –volvió a llamar el hijo desde el interior ahora con más insistencia.
- Lo siento no puedo atenderle más –no sonó a disculpa-. Haga usted lo que quiera, o lo que crea que debe hacer. Al final es lo que hará, pero me gustaría no volver a verle nunca más. Adiós-. Y cerró la puerta sin esperar mi contestación.
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sábado, 10 de mayo de 2008
La habitación del abuelo /11
Por Txema Saez
Parte XI
Con la amarillenta luz todo parecía menos especial. Al final, era una habitación como tantas otras. Sólo el recuerdo de lo que allí había acontecido y las fotos colgadas de la pared me hicieron sentir, de nuevo, vulnerable. Abrí la puerta del armario y retiré los trajes sin contemplaciones. Aparté las cajas y corroboré mis intuiciones. Ante mí se encontraba otra puerta muy bien disimulada. Tiré de la manilla. No se abrió. Volví a intentarlo, la primera vez no lo había hecho con demasiada convicción, y esta vez giré el pomo. La puerta se abrió despacio y chirriante. Dentro sólo se veía oscuridad. Me acerqué. Había unas escaleras. Palpé la pared y no vi ningún interruptor ni nada por el estilo. ¿por qué no había cogido la linterna? Descendí muy despacio iluminado tan solo por la claridad que se colaba procedente de la habitación. Bajé uno, dos, tres…, siete escalones. La oscuridad era cada vez mayor. Ocho, nueve… Mis ojos se acostumbraban muy rápido a la penumbra. Mi mano rozó algo. Once, doce…Me detuve; parecía un interruptor. Lo accioné y la húmeda y lóbrega estancia apareció ante mí. Descendí los tres escalones que me restaban. ¿Cuántas atrocidades habían sucedido allí? Una pequeña mesa en un rincón. Una silla en el medio con correas de cuero en su respaldo en el bajo de sus patas; bien sujeta al suelo por unas escuadras de hierro. Argollas en las paredes. Manchas negruzcas cubrían todo, también el suelo, sobre todo alrededor de la silla. Junto a éstas, en la pared, ¿arañazos? Esa era la impresión que daba. Claro que mi mente estaba sugestionada por todo lo que acaba de leer. En realidad podría ser cualquier cosa. Pero, en verdad, sabía que no lo era. Todo lo poco que allí había desprendía un hedor a muerte, rabia, ira, tristeza, angustia, dolor… mucho dolor. Se presentía el mal en cada esquina, en cada recodo…
Salí presuroso desandando el camino que me había conducido hasta el horror. Un horror que llenaba todo mi cuerpo. Un horror que llenaba mi alma y me ahogaba. Un horror que no sabía si alguna vez volvería a irse de mi lado. Salí al exterior, me arrodillé bajo el árbol y lloré desesperado.
Si el mundo supiera todo lo que allí había ocurrido quizá pudiera liberarme de una pequeña parte de la carga que de allí en adelante me había tocado llevar. Sería un pequeño homenaje; un ínfimo gesto de reconocimiento hacía el sufrimiento de todas aquellas personas. Además era periodista. ¿Qué otra cosa podía hacer? Sí, era mi abuelo ¿y?
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domingo, 4 de mayo de 2008
La habitación del abuelo /10
Por Txema Saez
Parte X
Mis ojos se abrieron inundados por la abrumadora luz que llenaba y reverberaba en la habitación. Me sentía cansado y con un ligero dolor de cabeza. Retorné, no sin esfuerzo, del insuficiente sueño a la vigilia. Me había quedado dormido sobre la cama; vestido y de mala postura, los diarios desperdigados sobre la cama y otros tantos en el suelo, desordenados, doblados. No recordaba en qué momento había dejado de leer para abandonarme al necesario descanso. Intenté ordenarlos como pude. Ya el orden no tenía importancia. Creía no haber leído todos, pero eso tampoco tenía ya mucha importancia; había leído suficiente. Sabía mucho más de lo que en realidad hubiera querido saber nunca. Recogí todo. Entregué la llave a la misma mujer que me había atendido el día anterior. La misma cara, el mismo tono anodino.
Crucé la plaza cargado con el baúl. Los niños ya correteaban por la explanada, mientras sus madres, en grupos, de píe o sentadas en alguno de los bancos que la rodeaban, charlaban distraídamente siempre con un ojo puesto en sus retoños. Salí del pueblo y giré de nuevo por el camino que daba hasta la casa de mi abuelo. Allí estaba bronceada por el inclemente sol. Sentí un escalofrío, que rápidamente se disipó. Mi decisión era firme. Entré dentro. La puerta seguía tal como la había dejado el día anterior. Rota. Claro, ¿Quién la iba a arreglar? El cambio volvió a dejarme estático hasta que mi cuerpo cansado se acostumbró a la temperatura y sobre todo a la oscuridad. Entonces recordé que tras la puerta de uno de los armarios de la cocina se encontraba el cuadro de las luces. Lo abrí convencido, y en efecto allí estaba. Subí el interruptor general y un casi imperceptible sonido confirmó que aún no se había dado de baja. La muerte del abuelo era aún muy reciente. Busqué un poco a tientas y la luz de la cocina se encendió. Atravesé derecho el pasillo, al tiempo que iba encendiendo todas las luces, hasta que llegué a la habitación. Dubitativo presioné el interruptor. Todo lo que había intuido el día anterior se me mostraba ahora sin artificios.
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domingo, 20 de abril de 2008
La habitación del abuelo /9
Por Txema Saez
Parte IX
Un nuevo pasaje me devolvió a la realidad de mi oscuro viaje. Es triste, pero al horror también se acostumbra uno. Eran tantas las vilezas, que se convertían en algo cotidiano.
"...hoy a venido a servir la hija del panadero. Será de la edad de Ana, pero está más formada. Demasiado delgada pero con las curvas bien definidas. Es posible que la designe para limpiar mi habitación. Desde la muerte de su padre, su familia está pasando muchas penurias y la convendrá tener la boca callada para que no le falte el pan. Nunca mejor dicho…”
Continué leyendo y seguido un nuevo comentario:
"Carmen, es disciplinada. Eso me gusta, además hace bien su trabajo. Nunca habla y no hace preguntas...", "...su mirada triste y su raída blusa rozándole los pechos me van a volver loco..."
y al final, lo que presentía quedó reflejado en sus escritos.
"...la he tomado sobre el mismo escritorio. Al principio ha opuesto algo de resistencia, pero he sido convincente y no la he vuelto a oír. En ningún momento ha gritado, y se ha dejado hacer. Me gusta; es inteligente. Alguna lágrima se le ha caído, pero yo creo que al final hasta le ha gustado. No puedo quitar de mi cabeza ese cuerpo, con esa piel tan suave".
Escenas parecidas se sucedieron en las siguientes hojas. Cuando llegaba a una nueva vejación, mi mente hastiada y mi estómago revuelto, saltaban a la siguiente línea donde las confesiones eran más banales, al menos, a mí me lo parecían, en comparación con el sufrimiento y humillación que había sufrido aquella muchacha, que además, ahora, yo conocía. La rabia y, sobre todo, la impotencia se estaban adueñando de mí. Seguramente también el cansancio estuviera haciendo su efecto. La noche transcurría rápida. La primaria oscuridad se tornaba más ligera y los primeros trinos de los pájaros más madrugadores acompañaban mi lectura.
"...tengo que solucionarlo. No se puede enterar nadie. Maldita puta. Tengo que acabar con esa semilla que lleva dentro. Mi sangre no puede verse mezclada con la de esa miserable..."
Las siguientes anotaciones estaban llenas de lamentos, insultos y reproches que denotaban la falta de soluciones al problema; pero su tono cambió.
"He tomado una decisión. No puede quedarse aquí. Cada día se le nota más su estado y mi mujer es callada pero no tonta. He hablado con mi buen amigo Federico y está todo solucionado. La llevaremos a una casa de acogida hasta que todo pase, y luego ya veremos...", "...ha vuelto la normalidad, pero en ciertos momentos me gustaría volver a poseerla. Es mejor que me olvide cuanto antes de ella. Hay muchas como ella. Maldita puta; casi me jode la vida".
Sin embargo noté que los encuentros con sus presos, secuestrados o no sé muy bien cómo describirlos se volvieron más violentos y sanguinarios que lo que habían sido hasta ahora. Y eso que aquellos ya me parecían repugnantes. Daba la sensación de querer desahogarse de su ira a consta de los indefensos rehenes que cada vez con más asiduidad retenía en el sótano. Y yo seguía sin saber donde podría hallarse, hasta que un comentario de sus diarios me dio una pista. Algo se me iluminó. Podría ser simplemente una corazonada y ser errónea, pero no lo creía. Las palabras que leí fueron las siguientes:
"Se ha estropeado la cerradura del sótano. Tengo que cambiarla, pero mientras tanto tendré que tener mucho cuidado y dejar bien cerrada la puerta del armario. Nunca entra nadie, pero no está de más prevenir. La cosa empieza a ponerse algo más fea. Hace no mucho mataron a tiros a un coronel, y en su propia casa. Será mejor no hacer muchos alardes".
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martes, 8 de abril de 2008
La habitación del abuelo /8
Por Txema Saez
Parte VIII
Tengo la sensación de que, sin quererlo, estaba buscando algo que hiciera a mi abuelo especial y que contribuyera a reafirmar lo que sentía por él, pero hasta el momento, y ya llevaba más de doce diarios leídos, no había encontrado nada en ese sentido. Mi ansiedad primaria se estaba desvaneciendo, todo era de lo más normal, tanto como lo que uno mismo pueda escribir sobre sí y sobre lo que le rodea y además con la confianza de que nunca lo leerá nadie. Los primeros los leí sin dejarme ni tan siquiera una coma, pero a medida que avanzaba leía una frase y me saltaba a la siguiente hoja. Las horas, que en un principio parecía que volaban, a medida que el tedio me inundaba, discurrían lentamente. Cogí otro y más de lo mismo. Hacía un par de diarios que había comenzado a hablar de la guerra y de su condición de militar, pero nada me pareció extraño, hasta que llegué a una frase que me detuvo en seco. Volví a releerla:
"Hemos tenido que invitarle a que nos contase donde estaban escondidos, pero como parecía que le costaba le ayudamos un poco. Ya he avisado para que vayan a buscarlos a la cueva que está al otro lado del monte. A Tomás se le fue la mano y ahora tendremos que deshacernos de él. Lo malo es que es del pueblo..."Seguí leyendo ahora con más dedicación. En las páginas siguientes no volvió a hacer referencia al caso. Pero un poco más adelante:
"...le han encontrado en el pantano. Está todo arreglado. No habrá preguntas."A medida que avanzaba con los diarios, referencias como éstas o similares se iban sucediendo con mayor asiduidad.
"otro que se nos ha ido de las manos"," ni arrancándole las uñas ha confesado el muy cabrón, a ver si al final no sabía nada...?", "la habitación del sótano comienza a oler mal. Hay que limpiarla bien, pero la sangre de estos rojos se quita muy mal".Los comentarios se tornaban cada vez más crueles. Era ya completamente de noche, y no me había acordado de cenar. La verdad era que no tenía mucha hambre. Lo que estaba descubriendo sobre mi abuelo me la estaba quitando. Quería encontrar algo, pero no aquello. Al parecer mi abuelo era un asesino. Comprobé las fechas. Todo empezó al finalizar la guerra. El último que había leído era del 42, y los episodios se sucedían con demasiada continuidad. Tenía los ojos cansados por la lectura. Me levanté para estirar los músculos. Miré por la ventana, que daba a un estrecho callejón empedrado. Se oían las voces de los niños jugando, y de los mayores en algún bar cercano. Abrí la ventana y seguía haciendo el mismo calor. Volví a cerrarla rápidamente. Dentro de la habitación se estaba bien. Se estaba fresco. Lavé mi cara con el agua del lavabo, no sin antes haberla dejado correr. Bebí un buen trago directamente del chorro y me dirigí decidido, asustado y a la vez ansioso a mi incipiente tarea. Las referencias al sótano o a la habitación oscura, se sucedían cada vez con mayor insistencia, y yo me preguntaba cual podría ser esa habitación. Nunca había oído hablar de ella. Medité un instante pero nada me hacía sospechar dónde podría estar. Ni siquiera las referencias en los diarios me ayudaban a dar con su localización. Cogí un nuevo diario y continué desvelando los, ahora sabía, oscuros secretos de mi abuelo.
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viernes, 15 de febrero de 2008
La habitación del abuelo /7
Por Txema Saez
Parte VII
Mi cuerpo se estremeció agradecido cuando el frío y las burbujas inundaron su interior. La primera cerveza no había durado ni un segundo sobre la barra. Pedí otra para acompañar el bocadillo de jamón que me estaban preparando. No era lo que esperaba, pero el camarero me indicó muy amablemente que con la hora que era la cocina había cerrado. El cartel de la entrada con las palabras "Menú del día" había despertado mi hambrienta imaginación pero... Al menos, el bocadillo era generoso y el jamón bastante bueno. Vacié otras dos cervezas durante la ingesta y me quedé más que satisfecho. Pensé en tomarme un café con hielo pero, el café generalmente, no me solía sentar muy bien, así que deseché la idea en el mismo momento en que mi mente recordaba el reciente hallazgo. Aún no había decidido que hacer con los diarios. Deseaba leerlos y conocer un poco más a mi abuelo, pero por otra parte tenía miedo de usurpar los secretos que pudieran guardar. ¿Qué me iba a encontrar? Abandoné el bar en busca de mi coche. No lo había aparcado muy lejos. Al otro lado de la plaza. Justo en frente de donde había comido. Crucé la plaza bajo el abrasador sol, y cuando estaba a punto de acercarme hasta él, en los soportales de la iglesia barroca que presidía la plaza, vi, hablando junto a otro par de señoras, a la mujer del cementerio que había estado merodeando por la mañana. Ella no me había visto. Me coloqué distraídamente apoyado en una columna próxima, a la espera. Después de haber comido y con el calor, la modorra estaba haciendo efecto en mí. Pasaron al menos cinco minutos, que se me hicieron mucho más largos, cuando oí que se despedían y cada una tiraba en una dirección.
- Hola, perdone.
La mujer dio un paso atrás sobresaltada.
-No quería asustarla. Me llamo Adrián, soy nieto de don Antonio-. Tendí mi mano pero la mujer no reaccionó, sin embargo su gesto se tornó serio y tenso. -La vi ayer en el entierro de mi abuelo y esta mañana cerca de su casa. Solo quería agradecerle su presencia. ¿Le conocía? -continué de seguido.
-No tiene nada que agradecerme. Tan solo quería asegurarme de que era cierto lo que había oído.
La mujer de unos cincuenta años escupió con rabia y tristeza su frase y se dio media vuelta con la intención de marcharse.
-Perdone. No quiero molestarle, pero he venido aquí para conocer algo más sobre mi abuelo. Solo eso. No sé que le habrá hecho, pero espero no haber tenido nada que ver con ello.
-Tiene razón. Usted no tuvo nada que ver, y por eso es mejor que no haga preguntas.
-Igual conoce a mi madre. Se llama Ana.
Percibí que al oír el nombre de mi madre su rostro se relajó.
-Trabajé para su abuelo, y su madre siempre se portó bien conmigo. No le diré nada más.
-Le diré que la he visto, pero no sé su nombre.
Me miró con una amarga sonrisa mientras se daba la vuelta.
-Me llamo Carmen -, dijo sin mirarme.
La reacción de la mujer había facilitado mi decisión. No me resultó difícil encontrar una habitación en una pensión cercana. El pueblo era pequeño y todo giraba en torno a la plaza. Pagué por adelantado y subí con el pesado baúl. Ese era todo mi equipaje. A la casera si le sorprendió no lo demostró. Ni hizo preguntas, ni me ofreció ayuda para subirlo. Se limitó a darme la llave y decirme el número.
La habitación no estaba del todo mal. Pequeña pero limpia. Una cama, un escritorio y un baño con ducha. Todo lo que necesitaba. Coloqué el baúl sobre la cama e intenté reordenar su contenido. En seguida me di cuenta de que, salvo unos pocos de arriba que se habían desordenado por la caída, el resto lo estaban cronológicamente y de izquierda a derecha. Por lo tanto lo más reciente era lo de la tercera fila en la parte superior. Coloque las tres pilas sobre la pequeña mesa de escritorio y cogiendo un puñado me tumbé en la cama. Comencé por los más antiguos. Se notaba en el color del papel y en la claridad de la escritura. Ésta era mucho más borrosa que los que creía más nuevos.
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lunes, 11 de febrero de 2008
La habitación del abuelo /6
Por Txema Saez
Parte VI
Algo de él llamó mi atención. No era muy grande, ni tampoco pequeño. Lo enfoqué un poco más cerca e intenté moverlo hacia mí. Pesaba. Probé en abrir la tapa; estaba cerrado. Al frente tenía una cerradura metálica. Retrocedí y busqué la llave dorada que había visto en el cajón del escritorio. Aquella no era la que necesitaba. Ni tan siquiera hacía el ademán de entrar. La volví a dejar en su sitio. El baúl cerrado había despertado mi curiosidad. Pensé en forzar la cerradura, pero tenía que buscar algo para hacerlo, y con la linterna... A oscuras... Entré e intenté levantarlo. Pesaba más de lo que había previsto.
Otro intento. Lo conseguí, no sin esfuerzo, y la linterna que había colocado bajo mi axila se precipitó al suelo provocando un ruido seco y se quedó alumbrando a ninguna parte. Dí un paso atrás y mi pie tropezó con la pequeña jamba del marco inferior. Estuve a punto de caer, pero lo que si lo hizo fue el baúl, que hizo retumbar toda la casa.
-Mierda, con lo que me ha costado levantarlo. ¡Mierda! ¡Mierda! ¡Mierda!
Recogí la linterna y al volver a enfocar, para mi dicha, comprobé que la tapa se había abierto, y que de él, desperdigados, aparecían un montón de cuadernos de tapa negra. Todos iguales. Al abrir uno de los que estaban por el suelo, la letra de mi abuelo se mostró ante mí. Clara y firme. Leí dubitativo, pero a la vez ansioso. Parecía una especie de diario. Cogí otro al azar y, de nuevo, la misma letra. Y otro. Y otro. Eran los diarios de mi abuelo. No sé si alguien sabría que los tenía. Yo desde luego no. Observé las fechas y me percaté de que no los escribía de continuo. Había veces que aparecían las fechas de tres días seguidos pero luego podía pasar más de una semana hasta que volvía a escribir. Los recogí del suelo intentando no desordenarlos en demasía y los coloqué delicadamente. Lo arrastre un metro y luego volví a cogerlo. Lo agarré con fuerza para evitar que se me volviera a caer. Salí de la casa encorvado por el peso. Otra vez el abrasador
sol chocó con mi sudoroso cuerpo. Llegué hasta el coche sin detenerme. Lo apoyé en el guardabarros y con la otra mano intenté abrir el portón del maletero. Hice otro pequeño esfuerzo y dejé, por fin, que todo el peso descansara sobre él. Sudoroso y jadeante me senté en el asiento delantero.
El reloj del salpicadero marcaba las cuatro y media. Lo verifiqué con el reloj de mi muñeca. No pensaba que fuera tan tarde. En el interior parecía que el tiempo no avanzaba. Respiré profundamente varias veces y repentinamente el hambre hizo su aparición. Me sequé la frente y arranqué el motor deseoso de que el aire acondicionado hiciera su efecto lo más rápido posible.
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viernes, 8 de febrero de 2008
La habitación del abuelo /5
Por Txema Saez
Parte V
Me retiré instintivamente. No sabía muy bien por qué me había acercado hasta allí, pero lo que sí sabía es que no me esperaba nada así. Nunca había oído nada al respecto, ¿o a caso no había escuchado con la suficiente claridad? El misterio del abuelo crecía con cada paso que daba. Recorrí de nuevo la habitación con la linterna y me acerqué hasta el armario, tras el escritorio. Las puertas se abrieron sin resistencia. Todo estaba lleno de papeles y archivadores. Husmeé por encima, pero nada me llamó, en especial, la atención. Volví a cerrarlo y retrocedí hasta el escritorio. Una robusta mesa de roble, muy oscura por el paso del tiempo, y un cajón con cerradura. Dudé al intentar abrirlo, tenía la certeza de que estaría cerrado, pero por el contrario se deslizó suavemente sobre la noble madera. Varios libros de cuentas con la letra de mi abuelo, una carpeta con escrituras, unos lápices y una llave dorada, era todo su contenido. No me había atrevido a sentarme en la butaca de cuero marrón oscuro, casi negro, donde lo había visto aquella única vez. Coloqué todo como estaba y siguiendo el haz abrí el pomo de la otra puerta que había en la habitación. Los trajes de mi abuelo colgaban de una barra que ocupaba todo lo largo del habitáculo, algo más de metro y medio, calculé. Conté cuatro trajes de militar forrados con una funda de plástico, como las que te dan en las tintorerías, y otros tantos de civil, todos en colores oscuros, chaquetas, una fila de corbatas y algún que otro pantalón. A la derecha, media docena de cajas de zapatos, aunque no comprobé su interior, otras cuantas cajas más grandes, pero bien apiladas, en el otro extremo, y bajo los trajes, un oscuro baúl.
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sábado, 2 de febrero de 2008
The Sunday Drivers - Tiny Telephone
Por Txema Saez
Ha llegado a mis manos el nuevo disco de los "The Sunday Drivers" -"Tiny Telephone" (2007), que lo grabaron en San Francisco (California) en los estudios que dan nombre al título del disco. El productor fue Brad Jones (de ahí el desplazarse hasta tan lejos para la grabación), con él han grabado grupos como Death Cab for Cutie, Okkervil River o Josh Rouse por citar algunos. Estos toledanos, sí, toledanos de Toledo (España), han demostrado que siendo españoles se puede cantar en ingles y hacerse un hueco en el panorama internacional. Ya han sido teloneros de los afamados Wilco. Éste es su tercer trabajo (el primero no tuvo casi repercusión), es una continuación de su anterior "Little Heart Attacks". La misma voz melosa y apararentemente cansada de Jero, por otra parte característica del grupo (aunque en algún tema nos regala otros registros que se agradecen), los mismos sonidos pop-folk norteamericanos, reminiscencias del sonido nashville, (el productor seguro que ha influido en ello), pero sin dejar a un lado el toque britanico. Una continuación, sí, pero mejorada. Sonidos más perfectos, más pulidos, mejor ensamblados, dan un resultado más que satisfactorio. Si alguno no los conoce, seguro que los ha oído en la tele sin saberlo. Su tema "Do it" de este nuevo Lp ha acompañado a la campaña publicitaria de una marca de cerveza (Cruzcampo, creo recordar). En definitiva, un disco que me gustaría recomendar. Un disco agradable de escuhar, fresco en ocasiones y positivo, esa es la sensación que me provocó la primera vez que lo escuche. Escuchadlo.
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viernes, 1 de febrero de 2008
La habitación del abuelo /4
Por Txema Saez
Parte IV
Todo estaba sumido en sombras, lo que hacía más tenebrosa aún la situación. La estrecha pero alargada ventana que estaba a lo largo de la pared de la derecha, muy cerca del alto techo, no ayudaba en mucho. Sus cristales, ahora, completamente opacos rechazaban cualquier intento de la luz por filtrarse dentro. Mis ojos consiguieron adivinar la mesa en el centro de la habitación. Aquella mesa que yo ya había visto y que nunca se había borrado de mi memoria. Pero no conseguían ajustar la imagen, estaban forzados al máximo y no iban a mejorar. Di media vuelta y salí precipitadamente al exterior. La primera bocanada del sofocante aire abrasó mis pulmones. No me había dado cuenta del frío del interior. Aún así, mi cuerpo agradeció el nuevo aire no viciado y mi mente comenzó a trabajar, de nuevo, con claridad. Salí del patio trasero hacia el coche. En el maletero debía de tener una linterna.
-Hola- grité.
Junto al coche había una mujer husmeando. Al oír mi voz se sobresaltó y me miró asustada. Era la mujer que había visto el día anterior en el cementerio. Rápidamente se dio la vuelta y a paso ligero abandonó el lugar.
-Soy Adrián, el nieto de don Antonio- volví a gritar.
La mujer hizo ademán de detenerse, pero el instante de duda se disipó en seguida, y se perdió por el camino, entre los frondosos pinos. Pensé en salir tras ella, pero no lo hice. Cogí la linterna y volví al interior de la casa. Ahora sí noté la diferencia de temperatura. Estaba más relajado. Entré con decisión en la habitación y, con ayuda del haz de luz, fui recorriendo todas sus paredes. Bajo la ventana había una especie de aparador bajo, con puertas, y sobre éste, una cantidad ingente de papeles, eso sí, bien ordenados. Colgado de la pared y ocupándola casi por completo, fotografías de diferentes tamaños. Sin un orden aparente. Unas en color, más recientes; y otras se las veía muy antiguas, en blanco y negro, sepias. El resto de las paredes estaban cubiertas por estanterías llenas de libros, salvo tras la mesa de mi abuelo, que había un armario oscuro de dos puertas y a la izquierda de éste, una puerta. Dos sillas delante de la mesa y un perchero, completaban todo el mobiliario de la temida habitación. Me acerqué con la linterna y enfoqué cada una de las fotos. En una estábamos toda la familia en uno de sus cumpleaños; en otra, el día de su boda con mi abuela. Un poco más apartada creí reconocerle de joven, con otros cuatro amigos, intuí. Continué descubriendo…; ¡Dios mío! Mi abuelo vestido de uniforme militar. Un uniforme militar lleno de medallas. No estaba solo, junto a él había otras tres personas. Al enfocarlas mejor, la linterna, casi resbala de mis manos. Aquel pequeño hombre que estaba en el centro de la foto era… Ese bigote… No podía ser otro... Me acerqué aún más para confirmarlo. No había duda. Mis sentidos bullían con un borboteo incontrolable. No eran capaz de asimilarlo. Seguí bajando y volví a ver a mi abuelo vestido de militar. Esta vez estaba solo.
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domingo, 20 de enero de 2008
La habitación del abuelo /3
Por Txema Saez
Parte III
Mis ojos tardaron unos segundos en acostumbrarse a la densa oscuridad, pero a mi nariz le costó algo más de tiempo. El olor era fuerte y penetrante, y el calor reinante lo acentuaba aún más. Olía a cerrado, a humedad..., a enfermedad. La casa llevaba deshabitada el año y medio que mi abuelo había estado ingresado en el hospital, aunque los dos años anteriores se los había pasado en la cama. Se negó a ir a vivir con ninguna de sus hijas a la ciudad. Su orgullo se lo impedía y de lo que me alegré. Tan solo dos enfermeras, que se turnaban, y otra criada que lo había sido siempre, lo atendían. Mi abuela había muerto siendo yo aún un crío. Aunque, no sé si alguna vez estuvo viva. La recuerdo callada, asustada y sumisa. Pero también cariñosa y dulce. Triste, pero muy dulce. Miré a un lado y a otro. Todo estaba limpio y ordenado. Tan solo el tiempo había dejado su huella en forma de polvo. Estaba en la cocina donde solíamos comer los más pequeños, siempre enredando y molestando a las criadas. Los mayores lo hacían en el salón principal, pero no lo disfruté más que una vez. Avancé a tientas en busca del interruptor de la luz. Lo encontré pero no respondió. Abrí, no sin esfuerzo, las ventanas de la cocina y la luz llenó todo los espacios de la estancia.. Ahora sí se notaba más la diferencia con mis recuerdos. Todo era más viejo. Hacía tiempo que unos arreglos le habrían venido muy bien. Avancé despacio por el pasillo que daba al resto de habitaciones de la planta baja. Llegué a la altura de la escalera que llevaba al piso superior. Estuve tentado en subir, pero esa no era la razón por la que estaba allí, así que continué avanzando. La luz procedente de la cocina cada vez se hacía más tenue y mis pasos más inseguros. Estaba delante de la puerta, y a pesar de los años, el miedo volvía a apoderarse de mí. Me quedé paralizado. Todos los músculos de mi cuerpo tensos, en alerta; y mi respiración acelerada. Me armé de valor y así el pomo de la puerta. No me opuso resistencia. Casi nunca se cerraba con llave y, sin embargo, era la habitación más segura de toda la casa. La puerta se abrió con un chirrioso quejido y dejó, ante mí, el mayor de los secretos. Me sentía un traidor. Sentía que estaba profanando la tumba de mi abuelo. Él ya no estaba allí pero seguía viendo sus ojos clavados en mí; inquisidores.
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viernes, 11 de enero de 2008
La habitación del abuelo /2
Por Txema Saez
Parte II
La noche transcurrió calurosa y larga. El sueño, ligero y poco profundo, me despertaba a cada rato, y el reloj avanzaba lentamente, muy lentamente.
Para cuando el primer rayo de luz asomó por la ventana, yo ya llevaba un rato despierto y dándole vueltas a la cabeza. Mi curiosidad de periodista se había despertado ansiosa.
Me levanté, me di una ducha, tomé un zumo de naranja recién exprimido y sin más fui a por el coche.
El pueblo se encontraba a unos 80km. En hora y pocos minutos estaría allí. No faltaba mucho para las 11 cuando llegué al pueblo que comenzaba a desperezarse, pero la casa de mi abuelo estaba un poco apartada; a las afueras tomando una desviación entre los frondosos pinos. En coche no tardaría más de cinco minutos.
Tomé la última curva por el serpenteante y bacheado camino, y ante mí apareció la casa de mi abuelo. Estaba tal como la recordaba, si a caso, le faltaba una lavada de cara, pero por lo demás, todo igual. No así el camino, que el paso del tiempo le había jugado una mala pasada. Siempre fue de tierra, pero ahora esa tierra estaba levantada y en un sitio sí y en otro también los agujeros reinaban a sus anchas y las piedras, ya no tan pequeñas, salpicaban todo el trayecto. Descendí del coche, un tanto nervioso, y me quedé quieto contemplando todo a mi alrededor. Fugaces imágenes volvían a mi mente. Me acerqué despacio hacia la entrada de la casa pero, obviamente, no tenía llaves.
-Cómo pretendía entrar sin llaves-, maldije en voz alta.
En las películas siempre encontraban alguna forma de entrar. Así que comencé a buscar sobre el marco de la puerta. Nada. Bajo un desconchado tiesto, que otrora fue rojo. Nada. Bajo el roído felpudo. Tampoco nada. Estaba claro que eso de encontrar la llave cuando menos te lo esperas sólo pasaba en las películas. Miré a mi alrededor y las dos ventanas de la planta baja estaban protegidas por una verja. Había perdido el tiempo yendo hasta allí. Otro día de vacaciones perdido. Deambulé por la casa y llegué hasta la parte trasera. Seguía estando el mismo árbol, con la misma cuerda, eso sí un poco más vieja y ennegrecida, donde se tendía la ropa, y de donde se colgaba el columpio. Ese sí había desaparecido. El patio de tierra que antes creía inmenso, parecía como si hubiese encogido. La mirada de la niñez es siempre más agradecida. La pequeña ventana que daba a la bodega, era demasiado estrecha para poderme colar por ella. La puerta trasera que antaño siempre estaba abierta, ahora estaba totalmente cerrada, pero si antes me parecía robusta, ahora la veía como una endeble puerta de madera de pino, carcomida y seca por el paso del tiempo.
Di un empujón sin mucha convicción y la puerta ni se movió. Cogí un poco más de impulso y la acción acabó igual que en el caso anterior pero con mi hombro un poco más dolorido. Así que me retiré y aprovechándome de toda mi rabia, propiné un fuerte golpe con la planta de mi pie, y noté como la madera se resquebrajaba. Volví a intentarlo otras cuantas veces y por fin la puerta cedió y la cerradura quedó colgando de ella como un guiñapo en una carreta vieja.
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lunes, 7 de enero de 2008
La habitación del abuelo /1
Por Txema Saez
Parte I
Miro a mi alrededor y no consigo adivinar si las lágrimas que caen por las mejillas de mis familiares más cercanos son de pena y dolor o, por el contrario, son de alivio. Yo no he conseguido soltar ni una lágrima. La relación que tuve con mi abuelo, si alguna vez la hubo, se remonta a mi infancia y a las dos semanas de vacaciones que cada año pasaba en la apartada casa del pueblo. Nunca tuve la impresión de tener un abuelo. No al menos como lo tenían el resto de mis amigos. El recuerdo que tengo de él, es de una persona fría, seria y autoritaria. Es más, que recuerde, nunca tuvo ni una palabra ni un gesto cariñoso para mí ni para ninguno de nosotros, y que decir tiene para con sus hijas. Lo que de crío pensaba que podía ser respeto hacía a él, ahora me doy cuenta que simplemente era un miedo atroz. Ni siquiera cuando, hace un mes, fui a visitarlo y lo vi postrado en la cama y conectado a mil aparatos, sentí lástima ni nada por el estilo. Seguía teniendo en su rostro demacrado y consumido, la misma expresión de dureza y orgullo que hacía 30 años. A sus 82 años seguía siendo la misma persona distante. Parecía como si esperase a la muerte con arrogancia, provocativo, creyéndose superior..., inmortal. Me fui de allí con el mismo recuerdo de cuando hablaba a los criados que tenía en la casa, o a cualquiera de la familia. Sólo cambiaba su gesto adusto, cuando, en ocasiones, se acercaban, hasta la casa, militares, de alto rango, (eso lo he sabido después), con sus grandes coches y su chofer con gorra. Y sin embargo nunca supe a ciencia cierta a qué se dedicaba. Todo lo concerniente al abuelo estaba sumido en un absoluto secretismo, y si preguntabas algo siempre obtenías por respuesta:"eso no es cosa tuya", y sobre todo: "en la habitación del abuelo no se entra, está totalmente prohibido. Ya lo sabes". Sólo una vez atisbé a ver a mi abuelo sentado tras una amplia mesa, cuando uno de sus invitados salió de la habitación para acercarse hasta su coche a por un maletín marrón que al parecer se le había olvidado. Casi me muero de miedo al pensar que me podría haber visto y que me las tendría que ver con él. La verdad es que no sé si me vio o no, pero nunca dijo nada al respecto y a mí jamás se me ocurrió volver a mirar hacia la habitación, ni siquiera cuando estaba cerrada y sabía que él no estaba dentro.
-¿Estás bien?-, me preguntó mi madre en voz baja.
Esbocé una ligera sonrisa y asentí con la mirada.
El coche fúnebre se perdía entre los árboles. Vacío. No sé si más que cuando llevaba a mi abuelo.
Todas las conversaciones de mi alrededor; vacías, falsas. Frases hechas, ninguna sincera. "Es ley de vida", "Así ha dejado de sufrir". Todos callaban lo que querían decir. Hay que ser correcto y respetar a los muertos. ¿No sería mejor respetar a los vivos?
Me estaba asqueando. Tanta hipocresía me exasperaba. También la mía.
Además eran las 7 de la tarde y el calor cada vez era más asfixiante, tanto como el ambiente."Se tenía que morir en agosto, cuando estoy de vacaciones".
-Me tengo que ir-, me excusé con una forzada sonrisa, al tiempo que me despedía con la mano de mis padres.
La huida no fue tan fácil como suponía, la hermana mayor de mi madre me cogió por el brazo y me dio dos besos. Se los devolví y mis labios se salaron al rozarse con las lágrimas secas y huecas de mi tía. Tuve que repetir la escena al menos otras tres veces con el resto de familia que se encontraba cerca.
Es lo que tiene marchar el primero. Maldita sea.
Antes de abandonar por completo el camposanto, por el camino franqueado por cipreses, tras uno de ellos, me fijé en una mujer que contemplaba toda la escena desde la distancia, pero sin perder detalle. Volví la cabeza para reconocerla y su mirada se cruzó con la mía. Sus rasgos me eran familiares pero no conseguía asociarlos con nadie. No me pareció que fuera de la familia, así que me marché sin volver la vista atrás.
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domingo, 2 de diciembre de 2007
Solo
Por Txema Saez
...Y él le dijo:
Sabrás que fuera
dos se juegan tu destino:
Dios, desde el Paraíso, y
Leviatán, en las tinieblas,
su enemigo.
Tú recorrerás el tablero,
pero ellos te mostrarán el camino;
no corras, no huyas,
igual que están en todas partes
pueden no estarlo en ninguna.
No eres más que un peón solo
en una partida de ajedrez;
solo
a pesar de que te rodee
y te venere mucha gente,
siempre solo
en ningún sitio,
en algún lugar.
Recuérdalo.
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